De la teoría a la práctica: implementación de la dinámica de convivencia profesional en VDJ2
El pasado 7 de mayo se llevó a cabo la primera implementación práctica de una de las propuestas diseñadas dentro de la línea de intervención centrada en convivencia profesional. La sesión se desarrolló con el grupo de 2º de CFGM de Vídeo Disc-Jockey y Sonido (VDJ2), formado por 9 alumnos, un grupo reducido que ha permitido trabajar la dinámica de manera muy cercana, participativa y vivencial.
La actividad partía de una idea clara: desplazar la mirada del alumnado desde una concepción más emocional o interpersonal del conflicto (“me cae mal”, “me molesta”, “no aguanto cómo trabaja”) hacia una lectura más profesional de la convivencia (“esta conducta dificulta el trabajo del equipo”, “esta actitud genera interferencias en el proyecto común”, “esta situación debería gestionarse mediante canales adecuados”). En otras palabras, se trataba de ayudarles a entender el aula como un primer entorno laboral simulado, donde las relaciones deben construirse desde la responsabilidad compartida y no únicamente desde la afinidad personal.
La sesión fue conducida íntegramente por mí, asumiendo el rol de facilitadora y moderadora del proceso. En una primera fase, se presentó al alumnado el Codi de Conducta Professional – Aula VDJ, construido a partir de tres principios básicos: la cadena técnica de respeto, la comunicación profesional y el respeto por los diferentes workflows de trabajo. Esta parte inicial permitió contextualizar la actividad y establecer un marco común desde el que interpretar las situaciones posteriores.
Posteriormente, se llevó a cabo la dinámica gamificada de roleplaying “Detectem el Soroll”, donde el alumnado, distribuido en pequeños grupos, debía resolver escenarios propios del ámbito audiovisual mientras cada participante asumía un rol secreto con una consigna profesional o no profesional. La propuesta incorporaba un componente lúdico (descubrir quién estaba generando “soroll professional” dentro del equipo), pero mantenía un fuerte componente pedagógico: observar conductas, identificar actitudes disfuncionales y vincularlas con los principios trabajados previamente.
La respuesta del grupo fue especialmente positiva. Desde el inicio mostraron una actitud receptiva y, lejos de vivir la dinámica como una simple actividad de tutoría, se implicaron de forma genuina en el roleplaying, entrando en personaje con naturalidad y generando interacciones muy ricas para el análisis posterior. Esto permitió que muchas de las situaciones simuladas acabaran reflejando, de manera bastante transparente, dinámicas que aparecen también en el día a día del aula: interrupciones constantes, imposición de ideas, dificultades para escuchar activamente o comentarios irónicos hacia determinadas formas de trabajar.
Uno de los aspectos más valiosos de la sesión fue precisamente la toma de conciencia que surgió durante la puesta en común. A medida que analizábamos qué conductas habían sido profesionales y cuáles no, varios alumnos reconocieron espontáneamente que algunas de las actitudes representadas eran comportamientos que, en mayor o menor medida, suelen reproducirse en clase de forma habitual y que hasta ahora no habían identificado como problemáticos desde un punto de vista profesional. Este cambio de mirada constituye, probablemente, uno de los mayores logros de la intervención: comenzar a resignificar ciertas conductas normalizadas y entender su impacto real dentro del trabajo colectivo.
A nivel personal y profesional, esta primera aplicación también ha supuesto una validación importante del enfoque planteado. La experiencia ha confirmado que trabajar la convivencia desde metáforas profesionales cercanas a la identidad del ciclo (en este caso, la producción audiovisual y la idea de “generar soroll” dentro del equipo) facilita enormemente la conexión del alumnado con la propuesta. No se trata de imponer normas externas, sino de construir un código compartido que el grupo pueda reconocer como propio y funcional para su futuro profesional.
Como mejora futura, sería interesante repetir la dinámica semanas más tarde para observar si esta toma de conciencia inicial se traduce en cambios reales dentro del aula, así como incorporar algún pequeño instrumento de autoevaluación grupal que permita medir la percepción del clima de trabajo antes y después de la intervención.
En cualquier caso, esta primera implementación deja una sensación clara: cuando el alumnado entiende que convivir bien no es “llevarse bien”, sino trabajar bien juntos, el mensaje cambia por completo.
Este es un espacio de trabajo personal de un/a estudiante de la Universitat Oberta de Catalunya. Cualquier contenido publicado en este espacio es responsabilidad de su autor/a.
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